Un año después

Un año después

Al igual que muchos ciudadanos, recuerdo claramente las últimas cosas que hice antes de entrar en confinamiento hace ya poco más de un año. Mi equipo de trabajo se acostumbraba a nuestra nueva oficina en el Congreso cuando el aislamiento se hizo obligatorio, y nuestra primera y única tarea reunidos en este lugar fue la producción del video en el que los partidos en oposición me permitieron ser su portavoz y ofrecer nuestra cooperación al presidente Duque para enfrentar los duros meses que se veían venir.

Por Juan Luis Castro.

A mediados de marzo del 2020 hablar de vacunación era prematuro, sin embargo, desde ese entonces era más que evidente que la investigación de todo el planeta estaba volcada en una única dirección y era nuestra misión prepararnos. Prepararnos como ciudadanos para evitar el colapso de nuestros sistemas de salud – con lo cual los colombianos hemos cumplido en buena medida -, y prepararnos como nación para llegar en una buena posición a las negociaciones de las vacunas. Ahí empezó Cristo a padecer.

Hoy la vacunación en el mundo avanza galopante mientras que en Colombia en lugar de seguir tal ritmo nos acostumbramos a las justificaciones de un presidente y un ministro que han actuado de manera tardía. Por el rezago en la inmunización del país y para garantizar su efectividad, los protocolos de distanciamiento y prevención del contagio siguen siendo tan necesarios como el día uno. Tapabocas, lavado de manos y distanciamiento son medidas que aún salvan vidas, no lo perdamos de vista.

El talento humano en salud, quienes fueron los y las primeras llamadas a la acción respondieron con creces tal llamado. Muchos dejaron sus vidas en las unidades de cuidado intensivo trabajando incansablemente por mantener a salvo a un hijo, un padre, un abuelo, un hermano, un vecino. Ni todo el agradecimiento del mundo es suficiente para contestar su entrega y determinación. Ustedes son unos verdaderos héroes y heroínas.

Hace un año nos preocupábamos por el abastecimiento de insumos para hacer diagnósticos, tratar a los pacientes y los salarios de la primera línea de defensa contra el virus. No concebíamos que fuera posible que los gobiernos locales tuvieran que salir por el mundo a buscar aliados para abastecerse y mucho menos que trabajadores de la salud llevaran meses aguantando hambre cuando era el Gobierno Nacional quien debía garantizar estos materiales y estas garantías. Hoy el panorama no es muy diferente. Ni siquiera un año de pandemia generó el cambio que necesitamos en el sistema de salud para brindar, acceder y recibir un servicio oportuno y suficiente. No más.

En su momento reconocimos la necesidad inminente de poner en marcha un Plan Económico de Emergencia para el que desde la oposición enviamos un sinfín de propuestas tales como: eliminar las exenciones tributarias ineficientes, proteger en materia de intereses, pago de IVA, acumulación de obligaciones, y otras medidas, a empresarios pequeños y medianos, congelar pagos de arriendos, recibos de servicios públicos, hipotecarios, moras de créditos y demás pagos; y desde luego la Renta Básica.

Un año después hay que decirlo sin ambigüedades, actuamos tarde, lo hicimos mal y el costo lo hemos visto en vidas, empresas quebradas y empleos perdidos. Esa cara con la que el Gobierno se negó a tenderle la mano al grueso de la población colombiana es la misma con la que hoy anuncian la inquietante necesidad de una reforma fiscal. Cuanto cinismo.

Con el paso de los meses esta frase de cajón en lugar de transformarse parece haberse cincelado con más fuerza en la cotidianidad colombiana, “la crisis ocasionada por la pandemia del COVID-19 ha dejado en evidencia las enormes fracturas de nuestro sistema económico y político” y así -a plena vista- quienes tuvieron, han tenido y aún tienen la capacidad de mejorar sustancialmente la calidad de vida del país, le dan la espalda sin despeinarse.

Un año después del inicio de la tan acuñada nueva normalidad no es claro cuánto nos tomará reactivar y mucho menos recuperar las actividades que tuvimos que posponer y cancelar para proteger la vida. Si bien contamos con el Plan Nacional de Vacunación sus características volátiles y mutantes no nos permiten hacer ninguna clase de pronóstico. Tan es así que las metas que se fija el mismo Ministerio lo dejan mal parado sobre su propia gestión, ni siquiera ellos tienen claro de qué forma puede reencausarse la gestión; y si no lo saben ellos ¿entonces quién?

Pese a todo parece desalentador, un año después podemos sabemos que es posible y que la esperanza es real. Así que aprovecho para reiterarle al señor Presidente, que pese a que sus maneras y sus formas de hacer política son diametralmente opuestas a las nuestras, nuestro papel en la democracia es señalarle lo que no va bien. Sigo plenamente dispuesto a trabajar por el país sin ningún tipo de cálculo político. ¡Escúchenos!

El Coronavirus no tiene ideología política y la vacunación tampoco debe tenerla. La puesta en marcha de la vacunación MASIVA es urgente. Lo invitamos desde esta orilla política, la de la Colombia rural, campesina, indígena y afro, para que trabajemos juntos por la aceleración de la inmunización y la recuperación del país.

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